El Islam en español

Fue la primera en creer cuando nadie creía, la primera en sostener cuando todos huían. Enseñó que la grandeza no está en el poder, sino en la entrega silenciosa.

La historia de Jadiya bint Juwaylid —que Dios esté complacido con ella— no es solo la de una esposa ejemplar. Es la de una mujer que desafió el destino que su tiempo reservaba a las mujeres.

Fue comerciante en una sociedad que apenas les concedía voz. Fue independiente en una cultura dominada por los hombres. Fue la primera creyente en una revelación que cambiaría la historia.

En ella confluyen inteligencia, fe y ternura. Tuvo fortuna, y la entregó sin dudar. Tuvo poder, y lo usó para aliviar a los demás. Tuvo amor, y lo mantuvo más allá de la vida.

Cuando Muhammad hablaba de ella, no evocaba solo a su esposa: recordaba a su primera aliada, a la mujer que creyó en él cuando todo era oscuridad y duda. Su fe fue la raíz sobre la que creció el árbol del Islam.

Por eso, en la tradición, se dice que el ángel Yibrīl (Gabriel) transmitió a Muhammad el saludo de Dios para Jadiya, y le anunció que en el Paraíso la aguardaba una casa hecha de perlas, donde no conocería fatiga ni tristeza.

Era una promesa justa. Durante toda su vida, Jadiya había ofrecido su bienestar por los demás, había sostenido al Profeta cuando el mundo se derrumbaba, había sido abrigo, palabra y certeza. Su recompensa debía ser el descanso eterno, libre de todo dolor.

Hoy, más de catorce siglos después, su nombre sigue brillando entre los más altos. No por haber nacido noble, sino por haber elegido serlo en sus actos.
Porque en una época de dioses de piedra y corazones duros, ella fue humanidad pura.

Su legado permanece en cada creyente que actúa con bondad, en cada mujer que alza la voz sin miedo, en cada persona que sostiene a otro cuando todo tiembla.

Y quizás, si uno escucha con atención, todavía se puede oír en el silencio del desierto la certeza que ella pronunció aquella noche:

“Dios no te hará ningún mal.”

Madre de los creyentes

Cuando Jadiya bint Juwaylid murió, no solo perdió el Profeta a su esposa: el Islam perdió a su primera creyente, a su protectora y a su refugio.

Durante veinticinco años compartieron una vida de complicidad, ternura y propósito. Ella lo acompañó en su ascenso espiritual, en la revelación y en la persecución. Le dio hijos, hogar y fe. Fue su primera oyente y su primera defensora.

Su ausencia dejó un vacío tan profundo que Muhammad confesó a sus compañeros:

“No sé por cuál de las dos pérdidas llorar más: si por la muerte de Abu Tālib o por la muerte de Jadiya.”

Y nunca la olvidó. Cuando, años después, ‘Ā’isha —la más joven de sus esposas— le preguntó por qué seguía recordando a una mujer mayor, el Profeta respondió:

“Ella creyó en mí cuando nadie lo hacía, me ayudó cuando todos me rechazaban, y con ella tuve todos mis hijos.”

Cada vez que escuchaba la voz de Hāla, la hermana de Jadiya, se conmovía; salía a recibirla con una sonrisa y decía:

“Es la hermana de Jadiya.”

La historia del Islam la recuerda con títulos que reflejan su esencia: al-Ṭāhira —la pura—, Sayyidat Quraysh —la dama de los Quraysh—, Umm al-Mu’minīn —la madre de los creyentes—.

Fue una mujer de noble linaje, pero su grandeza no nació de la sangre, sino de la fe. Creyó sin ver, confió sin pedir pruebas y sostuvo al Mensajero cuando el mundo entero lo abandonaba.

El propio Muhammad afirmó que entre las mujeres alcanzaron la perfección solo cuatro: Āsiya, la esposa del faraón; Maryam, la madre de ‘Īsā; Fāṭima, su hija; y Jadiya bint Juwaylid.

En la tradición se dice que Dios le preparó en el Paraíso una casa de perlas, “donde no habrá ruido, fatiga ni tristeza”. Tal vez porque, en la tierra, Jadiya soportó todo eso sin una sola queja.

Su nombre sigue pronunciándose con respeto y amor, como el de una mujer que hizo posible el comienzo de una fe.

La primera creyente.
La primera que dijo “sí”.

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