Para hablar de los comienzos del Islam, hay una figura sin la cual la historia no puede entenderse. La persona que fue un pilar sólido en los años más duros.
Su nombre era Jadiya bint Juwaylid, que Dios esté complacido con ella. Su memoria merece el honor de ser evocada. Fue la primera en creer en el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones sean con él—. La que gastó sus riquezas, su tiempo y su vida por él.
Los orígenes de Jadiya
Jadiya era una mujer extraordinaria. Nació en el seno de una familia respetada entre los quraysh, la tribu más influyente de La Meca. Su padre, Juwaylid ibn Asad, fue un comerciante próspero y líder de su clan, reconocido por su rectitud y sabiduría. Era uno de los hombres de confianza del consejo tribal, y sus hijos ocupaban posiciones de responsabilidad dentro del orden social de los quraysh.
Uno de los hermanos de Jadiya era administrador de Dar an-Nadwa, el consejo principal de la ciudad, donde se tomaban las decisiones más relevantes de la comunidad. Otro de sus hermanos, ‘Awwām, estaba casado con Ṣafiyya bint ‘Abd al-Muṭṭalib, tía del Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones sean con él—. De esa unión nacería Zubayr ibn al-‘Awwām, uno de los más destacados compañeros del Mensajero.
Su madre, Fātima bint Zā’ida, provenía también de una familia noble. Por ambas líneas, Jadiya pertenecía a un linaje de gran prestigio. Los historiadores coinciden en que, entre todas las esposas del Profeta, ella poseía el linaje más puro y respetado. En aquella época, el origen familiar era un símbolo de honor, y Jadiya representaba la cúspide de ese reconocimiento.
Desde joven mostró una inteligencia práctica poco común. Observaba el mundo del comercio, los mercados de caravanas, las alianzas entre clanes, y comprendía que el poder no residía solo en el oro, sino en la confianza. Creció en un ambiente de privilegio, pero no de arrogancia: su familia, además de influyente, era conocida por su generosidad.
Esa educación marcó su carácter. Jadiya heredó de su padre la visión del negocio y de su madre la templanza. Con el tiempo, se convertiría en una de las comerciantes más notables de La Meca y, sin saberlo aún, en una de las figuras femeninas más admiradas de la historia del Islam.
Primeros matrimonios y el comienzo de su independencia
Antes de conocer al Profeta, Jadiya bint Juwaylid había estado casada dos veces. Su primer esposo fue Abu Hāla ibn Zurrāra al-Tamīmī, un comerciante honorable con quien tuvo un hijo llamado Hāla ibn Abī Hāla. El niño crecería con nobleza y, años más tarde, sería uno de los hombres que más tiernamente describirían el semblante del Mensajero de Dios. Su retrato del Profeta —transmitido por la tradición— sigue siendo uno de los más bellos y detallados que se conservan.
El matrimonio de Jadiya con Abu Hāla no duró mucho. En una de las frecuentes guerras tribales entre los quraysh y sus vecinos, él perdió la vida. La joven viuda heredó de su esposo una fortuna considerable, a la que se sumaban los bienes de su propio padre.
Tiempo después, Jadiya volvió a casarse con ‘Atīq ibn ‘Ā’idh al-Makhzūmī, otro hombre de buena posición y respetado entre los clanes de La Meca. De esta unión tuvo al menos un hijo, según algunas fuentes, aunque la historia difiere sobre si el matrimonio terminó por la muerte del marido o por separación. Lo cierto es que Jadiya volvió a enviudar siendo aún joven, y con varios hijos a su cargo.
A partir de entonces, se encontró en una posición singular para una mujer de su época: era rica, instruida y libre. Heredera de un vasto patrimonio y dueña de una mente brillante para los negocios, tomó el control de sus asuntos comerciales.
En La Meca, el comercio era la esencia de la vida. Las grandes caravanas transportaban especias, telas, incienso y perfumes. La mayoría de los comerciantes eran hombres, pero Jadiya logró algo sin precedentes: sus caravanas eran las más grandes y prósperas de la tribu.
Dirigía su empresa con una mezcla de firmeza y generosidad. Sabía cuándo arriesgar y cuándo esperar. Supervisaba los acuerdos, elegía personalmente a los agentes que viajaban por ella y exigía de ellos lo que más valoraba en la gente: honestidad.
Su éxito no solo la hizo respetada, sino también admirada. Era hermosa, elegante, independiente y de noble linaje. Muchos hombres influyentes la pretendieron, pero los rechazó a todos. No buscaba compañía por necesidad ni poder por ambición. Tenía lo que pocos poseían: libertad.
Y fue en ese tiempo, cuando su nombre resonaba en todos los mercados de La Meca, que la historia la preparaba para un encuentro decisivo: el de un joven llamado Muhammad ibn ‘Abd Allah, conocido por todos como al-Amīn, “el confiable”.
El encuentro con Muhammad al-Amīn y el viaje comercial a Siria
En aquella época, las rutas comerciales eran el corazón del mundo árabe. Desde La Meca partían las caravanas que cruzaban el desierto hacia Yemen en invierno y hacia Siria en verano. Eran viajes largos, de dos o tres meses, atravesando territorios hostiles y mercados de lenguas y religiones diversas.
En ese contexto, Jadiya bint Juwaylid se había convertido en una de las mayores comerciantes de los quraysh. Sus caravanas superaban en tamaño y valor a las del resto de los clanes reunidos. Era una proeza extraordinaria para su tiempo, pues pocas mujeres —por no decir ninguna— se atrevían a dirigir empresas de esa magnitud.
El éxito no la volvió arrogante. Jadiya era conocida por su inteligencia, su carácter noble y su generosidad. Sonreía con facilidad y se preocupaba de que nadie a su alrededor pasara necesidad. Si un huérfano buscaba refugio, si una viuda carecía de sustento, o si una joven deseaba casarse pero no tenía medios, encontraba las puertas de su casa abiertas. Por eso el pueblo la llamaba Sayyidat Quraysh, “la Dama de los Quraysh”, y también Aṭ-Ṭāhira, “la pura”.
Su reputación, sin embargo, no se limitaba al comercio o la caridad. Su fe la distinguía aún más. Desde joven se había mantenido alejada de la idolatría. Compartía la creencia monoteísta de su primo Waraqa ibn Nawfal, un anciano sabio que seguía la religión de Ibrahim (Abraham). Ambos rechazaban la costumbre de los quraysh de postrarse ante estatuas y dioses de piedra. Jadiya jamás había rendido culto a los ídolos, ni bebido vino, ni participado en los juegos de azar o en los rituales paganos que degradaban a las mujeres.
Hay quienes relatan que, en una festividad cerca de la Ka‘ba, mientras las mujeres se inclinaban ante los ídolos, se escuchó una voz misteriosa que anunció:
“¡Oh, mujeres de los quraysh! Pronto aparecerá entre vosotros un Mensajero. Quien tenga la fortuna de casarse con él, que no lo deje escapar.”
Las demás se burlaron, pero Jadiya guardó silencio. Tal vez no comprendía el significado de aquellas palabras, pero su corazón percibió que no eran casuales.
Por esos mismos días, los quraysh se preparaban para enviar una gran caravana hacia Siria. Jadiya, que organizaba la suya, necesitaba a alguien de absoluta confianza que dirigiera la expedición. Buscaba a un agente honesto, alguien que no la defraudara ni en precio ni en palabra.
Entonces oyó hablar de Muhammad ibn ‘Abd Allah. Era joven, de veinticinco años, conocido en toda La Meca como al-Amīn, “el veraz”, “el digno de confianza”. Había trabajado en los mercados, pastoreado de niño y aprendido el valor del esfuerzo. Nunca se le había escuchado una mentira.
Jadiya decidió contratarlo. Le ofreció encargarse de su caravana a cambio de una comisión superior a la habitual, y envió con él a su siervo Maisara, un hombre prudente y observador, con la orden de no separarse de Muhammad y contarle todo lo que viera durante el viaje.
Así partieron hacia Siria, atravesando las dunas, los valles y el silencio inmenso del desierto. Fue entonces, en ese viaje, donde el destino empezó a trazar la historia de un amor y una fe que cambiarían el curso del mundo.
La propuesta de matrimonio y el comienzo de su historia de amor
Cuando la caravana regresó, Maisara no solo trajo mercancías y ganancias. Trajo historias.
Contó a Jadiya cómo Muhammad había tratado a sus compañeros con justicia, cómo hablaba con serenidad y cómo incluso en los momentos difíciles mantenía una calma que inspiraba respeto. Le narró también el encuentro con el monje Nestora y aquella nube que, inexplicablemente, lo cubría del sol.
A Jadiya le costaba ocultar su impresión. Escuchaba en silencio, aunque cada palabra de Maisara parecía confirmar lo que ya intuía: aquel joven no era como los demás.
Días después, cuando Muhammad se presentó ante ella para rendir cuentas del viaje, Jadiya lo recibió con la cortesía de una mujer de negocios. Le pidió que se sentara y le habló con gratitud. Él respondió con humildad, evitando adornos o elogios hacia sí mismo. Había algo en su presencia que no se podía describir con palabras: una serenidad limpia, una nobleza que no provenía de los linajes, sino del alma.
Aquella noche, Jadiya buscó a su primo Waraqa ibn Nawfal y le relató todo lo sucedido. Le habló del viaje, de las señales que Maisara había presenciado, de la honestidad del joven comerciante.
Waraqa escuchó en silencio y, tras unos instantes, dijo:
“Si lo que dices es cierto, ese joven será el Mensajero de Dios.”
La respuesta le confirmó lo que su corazón ya sabía. Jadiya se dio cuenta de que no podía dejar pasar aquella oportunidad. Con la ayuda de su amiga íntima, Nafisa bint Munya, decidió actuar.
Nafisa fue quien se acercó a Muhammad con la delicadeza de quien sabe que las palabras pueden cambiar destinos.
—¿Por qué no te casas, Muhammad? —le preguntó.
Él respondió con humildad:
—No tengo medios suficientes.
—¿Y si hallaras una mujer de noble linaje, riqueza y carácter, dispuesta a unirse a ti? —replicó ella.
—¿Quién sería esa mujer?
—Jadiya bint Juwaylid —respondió Nafisa.
Él se sorprendió, consciente de la diferencia de edad y de la posición social que los separaba. Jadiya tenía cuarenta años; él, veinticinco. Pero no dudó:
—Si ella lo desea, acepto.
La respuesta fue llevada de inmediato a Jadiya, quien la recibió con una mezcla de gratitud y serenidad. Enseguida envió a su tío ‘Amr ibn Asad para que presidiera la ceremonia. Se reunieron los familiares de ambos, se fijó la dote, y el contrato matrimonial se selló con palabras que aún resuenan en la memoria de la historia:
“Me caso contigo por tu parentesco conmigo, por tu nobleza, por la belleza de tu carácter y por la verdad de tu palabra.”
Desde ese día, Muhammad ibn ‘Abd Allah y Jadiya bint Juwaylid comenzaron una vida juntos que transformaría para siempre la historia del mundo árabe.
Los primeros años juntos, un hogar luminoso
Tras el matrimonio, Muhammad ibn ‘Abd Allah se trasladó a la casa de Jadiya bint Juwaylid. Allí empezó una vida compartida marcada por la armonía, la ternura y la confianza mutua.
Ella encontró en él lo que ninguna riqueza había podido darle: serenidad.
Él halló en ella una compañera que lo comprendía sin necesidad de palabras.
La diferencia de edad jamás fue obstáculo. Entre ambos existía un equilibrio natural, una complicidad que se extendía a todos los aspectos de la vida. Jadiya era su refugio, su consejera y su fuente de alegría.
Y Muhammad, para ella, fue mucho más que un esposo: fue la certeza de haber encontrado al hombre más noble de su tiempo.
En los primeros años, su hogar se llenó de vida. Tuvieron un hijo llamado Qāsim, de quien el Profeta recibiría su kunya (apelativo) de Abū al-Qāsim. El niño murió siendo aún pequeño, y su pérdida marcó profundamente a ambos. Después llegaron cuatro hijas: Zaynab, Ruqayya, Umm Kulthum y Fāṭima, la más joven, quien heredaría la luz y el temple de su madre.
Su casa no era solo un espacio familiar: era un lugar de generosidad constante. Los necesitados sabían que podían acudir a ella sin temor. Las puertas de Jadiya siempre estaban abiertas para los huérfanos, las viudas y los pobres. Por eso era conocida como Aṭ-Ṭāhira, “la pura”, y también como Sayyidat Quraysh, “la dama de los Quraysh”.
En esos años, Jadiya seguía administrando sus negocios, pero dedicaba cada vez más tiempo a su familia y a las causas que consideraba justas. En su casa también vivía ‘Alī ibn Abī Ṭālib, el joven sobrino de Muhammad, a quien criaron con cariño. A veces también compartían su techo algunos de los hijos de Jadiya de matrimonios anteriores. Era un hogar amplio, lleno de voces, risas y calidez.
Ella sabía, sin entenderlo del todo, que en su esposo había algo diferente, algo que pronto se manifestaría.
Y cuando esa revelación llegó —en una noche que cambiaría para siempre la historia del mundo— Jadiya fue la primera en abrazarla sin miedo.
Amiga y confidente, esposa y refugio
Vivieron juntos más de veinte años. Tuvieron hijos e hijas, entre ellas Fátima, que heredaría el temple y la luz de su madre. Su casa era un lugar de generosidad constante: las puertas siempre abiertas para huérfanos, viudas y necesitados. Era un hogar donde reinaban la paz y la compasión.
Él encontraba en ella equilibrio y ternura; ella veía en él una fuerza moral que la maravillaba. En una sociedad donde las mujeres apenas tenían voz, Jadiya encontró en Muhammad ﷺ un compañero que la respetaba y la honraba.
Su amor no era posesivo, sino libre y comprensivo. Jadiya se convirtió no solo en su esposa, sino en su confidente, su amiga, su consejera y su refugio. Entre ellos no había distancia ni jerarquía.
Los años pasaron, y el hogar de Jadiya y Muhammad se convirtió en un oasis de serenidad en medio del bullicio de La Meca. Mientras los demás competían por riqueza y prestigio, él buscaba silencio.
Durante años, Muhammad ibn ‘Abd Allah se retiraba periódicamente a la cueva de Hirá, un pequeño refugio entre las montañas que rodean La Meca. Allí meditaba, oraba y se apartaba del bullicio de la ciudad. En soledad, meditaba sobre la idolatría, la pobreza, la opresión y el sentido de la existencia. Observaba en silencio las injusticias que lo rodeaban y buscaba respuestas.
Jadiya conocía bien esa necesidad. No lo detenía ni lo cuestionaba. Al contrario, le preparaba provisiones, lo animaba a marchar y esperaba pacientemente su regreso. Ella comprendía que en esa soledad había algo más que reflexión. Sabía que en aquel retiro había algo más profundo que el descanso; una llamada que ella intuía, aunque no podía nombrar.
Una noche, todo cambió.
La noche de la revelación
Una noche, mientras estaba en la cueva de Hirá, Muhammad ﷺ recibió la primera revelación. La presencia del ángel Yibrīl (Gabriel) lo envolvió y le ordenó:
“¡Lee en el nombre de tu Señor que ha creado!”
El impacto fue sobrecogedor. Regresó a casa temblando, pálido, con el cuerpo estremecido y el alma en un estado que no podía describir. Entró en la casa diciendo una y otra vez:
—Zammilūnī, zammilūnī… cúbranme, cúbranme.
Jadiya corrió hacia él, lo envolvió en un manto, lo abrazó y esperó a que su respiración se calmara. Cuando logró hablar, él le contó todo lo que había vivido en la cueva, la visión, la voz, el temor.
Temía haberse vuelto loco, temía que algo lo hubiera poseído.
Pero Jadiya, con una serenidad que solo da la fe, lo miró a los ojos y le dijo:
“No, por Dios, Él no te hará ningún mal. Tu Señor jamás te hará ningún daño. Tú mantienes los lazos familiares, ayudas al necesitado, alivias al débil, honras al huésped y defiendes la verdad.”
Con esas palabras, disipó la oscuridad que lo envolvía. Lo sostuvo en su duda y lo confirmó en su misión. Fue la primera persona en creer en él.
Luego, lo tomó de la mano y lo llevó ante su primo Waraqa ibn Nawfal, que conocía las antiguas Escrituras. Después de escuchar el relato de Muhammad, Waraqa dijo:
“Ese ser que has visto es el mismo espíritu que descendió sobre Musa. Serás el Profeta de este pueblo. Serás llamado, perseguido y expulsado, pero Dios estará contigo.”
Al salir, Jadiya comprendió que su vida acababa de cambiar para siempre.
Ya no era solo la esposa del comerciante más honesto de La Meca: era la compañera del Mensajero de Dios.
La certeza de Jadiya
Después de la primera revelación, Muhammad atravesó días de confusión y silencio. La intensidad de lo vivido lo había dejado exhausto. Dudaba de sí mismo, temía que lo que había visto no fuera real. A veces pensaba que podría tratarse de una ilusión o de un engaño.
Jadiya bint Juwaylid lo observaba con paciencia. No veía a un hombre perturbado, sino a alguien a quien se le había confiado un peso inmenso. Ella lo conocía mejor que nadie: sabía de su honestidad, su equilibrio y su pureza interior.
Una mañana, mientras estaban juntos, él le confesó sus dudas. Jadiya, con la serenidad que la caracterizaba, ideó una manera de disiparlas.
—Cuando vuelva esa presencia —le dijo—, avísame.
Pasó un tiempo, y el ángel Yibrīl volvió a aparecer. Muhammad lo señaló, aún temeroso. Entonces Jadiya se acercó a él, se sentó frente a frente y le preguntó:
—¿Aún lo ves?
—Sí —respondió él.
Entonces ella se descubrió el velo, dejó al descubierto parte de su cuerpo y volvió a preguntar:
—¿Y ahora?
—No —dijo él.
Jadiya sonrió.
—Ten certeza, Muhammad. Si hubiera sido un demonio, no habría sentido respeto al verme. Lo que te visita es un ángel, y lo que has recibido es la verdad.
Aquella fue una prueba sencilla, pero llena de inteligencia y fe. Jadiya no solo fue la primera creyente, sino también quien sostuvo la mente y el corazón del Mensajero en el momento en que más lo necesitaba.
Desde entonces, no tuvo más dudas. Muhammad empezó a recibir y transmitir el mensaje que cambiaría para siempre el curso de la historia.
Y junto a él, siempre, estaba Jadiya.
Durante los primeros años del Islam, cuando apenas un puñado de hombres y mujeres creían en el nuevo mensaje, Jadiya lo apoyó con todo lo que tenía: su riqueza, su tiempo, su reputación y su vida. Jamás vaciló. Mientras otros se burlaban, ella creía. Mientras otros lo abandonaban, ella lo protegía.
En su casa se rezaron las primeras oraciones. En su corazón, el Islam encontró su primer refugio.
Fue la primera en creer, la primera en apoyar, la primera en entender. Y desde ese momento, su casa se convirtió en el primer hogar del Islam.
Los años del sacrificio
Tras la revelación, la vida de Jadiya cambió para siempre.
La serenidad de su casa se transformó en un refugio de fe. En aquellas paredes nació la oración. Allí, junto a Muhammad y su primo ‘Alí ibn Abī Tālib, se postraban los primeros creyentes. No había aún mezquitas ni comunidades: solo una mujer y un hombre que oraban en silencio, sabiendo que algo inmenso acababa de comenzar.
Jadiya fue el primer sostén del Mensajero. Mientras otros lo llamaban loco o impostor, ella lo abrazaba y lo alentaba.
Con el paso de los años, la oposición de los quraysh se volvió feroz. El mensaje del Islam amenazaba los privilegios de los poderosos, y pronto comenzaron las persecuciones, los castigos y los boicots. Los primeros musulmanes fueron torturados, marginados y privados de todo sustento.
Durante aquel tiempo oscuro, Jadiya bint Juwaylid fue el pilar sobre el que el Mensajero se sostuvo. Vendió parte de sus bienes para ayudar a los necesitados, liberó esclavos, sostuvo a los primeros seguidores perseguidos y nunca permitió que el miedo se instalara en su hogar. Acompañó al Profeta en cada humillación pública. Nunca se quejó. Su fortaleza era silenciosa, pero inquebrantable.
Cuando el boicot económico impuesto por los quraysh contra los musulmanes se intensificó, Muhammad, su familia y sus seguidores se refugiaron en el valle de Abu Tālib. Durante tres años, vivieron cercados, sin poder comerciar ni recibir ayuda. Las provisiones escaseaban y el hambre los perseguía.
Jadiya, que había crecido entre el confort y la abundancia, soportó aquellas privaciones con dignidad. Hervía trozos de cuero para alimentar a los niños, compartía el último bocado con los demás y jamás permitió que su esposo sintiera culpa por su sufrimiento. Su cuerpo envejecido resistió lo que pocos habrían soportado.
Cuando finalmente se levantó el boicot, Jadiya estaba agotada. Tenía unos sesenta y cinco años. Su salud se había quebrado tras años de privaciones y sacrificios. Poco después, en el mes de Ramadán del décimo año de la revelación, su alma partió en paz.
El año de la tristeza
El Mensajero la envolvió con sus propias manos, la llevó al sepulcro y la despidió entre lágrimas silenciosas. Aquel año sería recordado como el Año de la Tristeza, porque en pocos meses Muhammad ﷺ perdió también a su tío Abu Tālib, su otro protector.
Años más tarde, el Profeta recordaba a Jadiya con la misma emoción que el primer día. Decía:
“Ella creyó en mí cuando nadie creía, me llamó veraz cuando todos me llamaban mentiroso, y me dio su apoyo cuando todos me negaron todo.”
Hasta el final de su vida, cada vez que sacrificaba un animal, enviaba una parte a las amigas de Jadiya.
Y cuando oía su nombre, sonreía con ternura.
También te puede interesar…
El legado de Jadiya
Fue la primera en creer cuando nadie creía, la primera en sostener cuando todos huían. Enseñó que la grandeza no está en el poder, sino en la entrega silenciosa.


Deja una respuesta